Recuerdo andaluz

“Te vas a enamorar”, me decían todos antes de cruzar el Atlántico. Nunca dudé que esas palabras fueran verdad, pero tampoco imaginé que fuera tal la magnitud del embrujo en aquella ciudad.

Mi último atardecer ahí, decidí hacer una fotografía escrita de aquellos lugares donde por horas me sentaba a pensar, mirar y tomar verdaderas fotos (con mi cámara un tanto ostentosa pero sin saber en realidad utilizar la mayoría de sus funciones). Fue esto un poco de lo que logré plasmar hace poco menos de un mes, en el final de lo que hasta ahora ha sido el mejor verano de mi vida…

30-Julio-2012

Este es mi lugar favorito de la ciudad, porque desde aquí puedo ver al menos las principales fuentes de magia que posee: frente a mí se extiende a lo largo el Guadalquivir, como siempre con una que otra piragua en sus tranquilas aguas o las lanchitas de pedales (aquí les llaman Pedalquivir). Tal vez sea por esa paz y tranquilidad por la que disfrutaba tanto sentarme cerca del río, era algo contagioso. A más distancia, cruzando el río, se puede ver el famoso y pintoresco barrio de Triana. Desde esta vista solo se logran ver las fachadas de casas con vista al río, la mayoría con balcones como todo Sevilla… Pero hay una en especial que resalta: si no mal recuerdo, es la casa más alta y más grande –dicen que llega hasta la calle paralela trasera–, pared azul cielo con marcos de puertas y balcones pintados de blanco y colgando de ellos algunas plantas. Claro que para llegar hasta ahí, se debe que cruzar el puente de Triana, que es una estructura de algún metal (desconozco el nombre del material) con cuatro columnas, cada una unida con círculos que disminuyen y aumentan de tamaño (en ese orden) formando arcos sobre el río. Se alcanzan a ver peatones, autos y ciclistas cruzando el puente, cada uno en su carril correspondiente. Casi llegando al puente, pero debajo de él, hay una escultura moderna a la tolerancia, junto con una placa donde el escritor plasmó tres bellos párrafos de los que me llevo una foto para distinguir el texto, en vista de no poderme llevar la placa de cemento…

Si bajo un poco la mirada, más cerca al río, y sobretodo a esas horas donde la luz del sol aún es plena aunque el reloj marque las 10pm pero el calor ya ha cesado un poco, se ven hombres sentados en la orilla esperando a que los peces tiren de su caña de pescar… ciclistas y corredores ejercitándose, y otros más cumpliendo el deber de pasear a su mascota. Es la hora ideal para disfrutar de la temperatura. Me tocó por suerte la semana de la Velá de Triana, por eso entre los postes a lo largo del puente hay guirnaldas colgadas, cada una con esferas verdes y blancas alternando esos colores. Velá en realidad quiere decir “velada”, pero ya ven que los andaluces han hecho una especie de español mutante en su lenguaje. En fin, olvidando Triana, si miro detrás de mí, encuentro uno de los más bellos lugares en todo Sevilla: la plaza de toros, La Maestranza. Es un lugar impactante, sobretodo para los que, como yo, son amantes de la tauromaquia. La plaza tiene una fachada en los 3 colores más representativos de Sevilla, e incluso de todo España: las puertas visibles color rojo, su contorno –a veces rectangular y en ocasiones en arcos– amarillo y el resto blanco. Da una impresión de frescura para el clima tan seco y cálido que tiene todo Andalucía. Está rodeada por una reja de herrería. Como dato curioso, es la única plaza de toros que tiene una forma ovalada en vez de redonda. 

Hacia el lado contrario del puente (izquierdo desde donde estoy), se ve la torre del Oro, que antiguamente era un faro para el puerto de Sevilla. Parece un cilindro, pero en realidad es un dodecágono con aspecto morisco, y su nombre, según mis investigaciones, se debe a que en los atardeceres su reflejo en el Guadalquivir da un aspecto de ser una construcción cubierta con oro… Hablando de arquitectura morisca, casi justo a la mitad de esta torre y del puente, se alcanza a ver la punta de la Giraldita. La torre adquirió ese diminutivo debido al extraño cariño que le tomé al edificio –acontecimiento nunca antes sucedido en mi vida–. Si se ve de cerca la Giralda, es un prisma cuadrangular, pero desde aquí solo se puede ver su puntiagudo final, el mirador. Es probablemente la construcción que más me gusta de Sevilla. 

…Y si buscan un punto más o menos céntrico entre todos los lugares antes mencionados, estoy yo, varias tardes del mes de Julio del 2012, observando la belleza sevillana, y dejando las ideas fluir por mi cabeza mientras siento el viento y saboreo el rico aliento a calor, flamenco y arte.

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