Marco Colin

Resulta que Marco Colin es un publicista que sigo en Twitter desde hace mucho tiempo (@MarcoColin por si gustan darle follow). Es un usuario bastante interesante porque a menudo publica minicuentos en 10 o 15 tweets. Muy extraños la verdad, muestra de su tan infantil imaginación. Tiene demasiada chispa al escribir y claro, como creativo, dibujante y escritor, tiene su blog. No es en WordPress, pero den clic aquí para poder echarle un vistazo.

Hubo una entrada que en especial me agradó mucho. Una reflexión muy original y sarcástica de la realidad que al menos en mi país, veo a diario. Motociclistas arriesgando su vida sin usar casco. Se las comparto, sé que les gustará.

El Codo Inmortal

Hoy se me vuelve a aparecer: el motociclista del codo sensible. Caracolea peligrosamente entre los coches, mirando con desdén, pavoneándose, haciéndole al mandrake y con mucha valentía. Va a exceso de velocidad. Se distrae. Pierde el equilibrio y casi cae, pero se recupera.

Es un mensajero y trae moto nueva. El casco es también nuevo pero no alcanzo a distinguirlo claramente, porque lo lleva puesto en el codo. Como señora con bolso, lo va cargando de esta forma mientras se juega la vida. Resulta evidente que no hay mucho de valor dentro de su cabeza, razón por la cual la descuida para favorecer una articulación. Probablemente tenga un fuerte dolor allí, o un órgano vital como su corazón o hígado se encuentren encapsulados en ese lugar. O probablemente nomás le da hueva. O le pica el casco por ser nuevo. O no le gusta el olor del plástico. O se siente inmortal.
De vez en vez se ajusta el casco en el codo: levanta el brazo en cuestión y mueve la mano vigorosamente como si agitara un pandero. Es en estos acomodos cuando está más cerca de caer, porque controla el manubrio con una sola mano. Esto lo repite una y otra vez, mientras echamos carreritas: Trata de rebasarme en una recta larga y juego con él, haciendo el espacio suficiente como para dejarlo entrar, pero inmediatamente acelero y cierro esa ilusión de rebase. Como que quiero darle una lección pero no agarra la onda. Me pregunto por qué no se pone el casco de una buena vez, y se ahorra el acomodo. Se me hace tarde y abandono el juego. Así que acelero y lo dejo atrás para siempre. Por el retrovisor veo su mano en alto pintándome dedo.
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